Relato el antiplán para San valentín

Relato el antiplán para San valentín

¿Quieres saber sobre el origen real de san valentín? lee nuestro artículo VERDADERA HISTORIA DEL DÍA DE SAN VALENTÍN

¿Qué tiene de interesante San Valentín para alguien como yo? Nada. No soporto ver parejitas felices regalándose peluches y bombones. Me fastidian las flores y el romanticismo. Juro que si pudiera los metería a todos en una nave espacial que estrellaría contra el Sol. Disfrutaría viendo como se calcinan cruelmente.

Así que desde hace unos años tengo un “antiplan” especial para esta noche. Mi manera de reírme del sistema y darme placer haciéndolo.

Mi noche empieza preparando la tina caliente, pongo música suave, prendo unas velas y me masturbo con uno de mis dildos. Me toco y me doy placer sola.

Dildos

Al momento de elegir un delicioso juguete sexual no escatimo en gastos o tamaños. Elijo el más potente, grande y personalizado.

Por algún motivo ese día los orgasmos me saben más dulces. Me retuerzo de placer. Amo mi libertad y mi cuerpo. No necesito nada más que mi juguete e imaginación.  Soy una mujer plena como la luna llena en una noche oscura.

No me malinterpreten, hombres no me faltan. Solo que encuentro divertido pasar “la noche del amor” dándome placer a mí misma. ¿Para qué tanto trámite si puedo hacerlo sola?

Si crees que soy la única que no disfruta de San valentín como los cursis, este artículo te encantará.

San Valentín: 14 Razones por las que a mi tampoco me gusta el 14 de febrero

Disfruta de esta fecha a tu mejor estilo y elige el juguete o juego que más te guste, visita nuestro catálogo y vive el placer al máximo.

Crónicas Urbanas: Santiago Underground I

Mujeres y la pornografía

Crónicas Urbanas: Santiago Underground I

Le pedí a mi amigo Nicolás, estudiante de Derecho de la Universidad de Chile, que comprara las entradas al cine. Me dio vergüenza, algo muy raro en mí. Agarré firme las manos de Nico y bajamos las escaleras. No llevábamos  ni Crispetas, tampoco gritábamos el nombre de la película que íbamos a ver. Lo que más quería era pasarla bien, pero no lo logré.

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Mi iniciación en bondage

A decir verdad, no soy un tipo mojigato. Dentro de mi sexualidad “medianamente ortodoxa” he tenido arrebatos de todo tipo, algunos de los cuales han espantado a mis parejas más recatadas. Sin embargo, aunque no soy un pan de Dios, tampoco me considero un pervertido desquiciado. Digamos que me muevo en el espectro intermedio, que es donde creo que vivimos la mayoría de los seres humanos que disfrutamos lo suficiente del sexo.Seguir leyendo

Historias de Frida Luna (III). La esclava Misako

Conocí a Misako una noche lluviosa y plagada de espíritus, en una cafetería pequeña del centro de la ciudad.

Ella era corredora en la bolsa de Tokio, su oficio era mover el dinero para hacerlo crecer en base a pura especulación. Era sagaz y muy intuitiva, como un pez que nada aprovechando las corrientes del mar.Seguir leyendo

Historias de Frida Luna II. La fiesta y el ritual

Hoy voy a contarles una historia que me sucedió recientemente.
Recibí una invitación para participar en una fiesta en una casa un poco alejada de la ciudad. El evento era organizado por un antigüo cliente al que hacía bastante tiempo que no veía, por lo que me alegré al ver su nombre en la invitación. Era de los caballeros educados que pagan bien y dan buena conversación.

Se trataba de una fiesta de máscaras, al estilo veneciano ya saben, olfateé la orgía que se venía desde mi departamento .

Llegué temprano, con un vestido negro escotado por la espalda y una máscara de encaje.

Ya habían llegado algunos de los invitados que se saludaban y sonreían tras sus máscaras.

Por fin encontré a mi anfitrión que se alegró mucho de verme, me presentó a algunas de las personas que estaban con él y procedió a mostrarme la locación. El lugar era una pequeña casita de campo camino de la costa, nada ostentoso. Cocina amplia, piscina  y una gran higuera en el jardín. Qué agradable, pensé.

– Búscame a la hora de cenar Frida. Te necesito.

– Por supuesto.-Le dije con una sonrisa complice.

Estuve un rato pululando por ahí, bebí algo de champange, conversé con algunas personas, nada fuera de lo normal. Recuerdo un tipo gordo que no me quitó ojo en toda la tarde,me seguía a donde iba y trataba de hablarme de algo pero las palabras se perdían en algún lugar entre su enorme papada y su boca y nunca llegaba a salir. Uno alto y pelado insitía todo el rato en que me fuera con él al jacuzzi, cuando le pregunté si podía pagar mi tarifa (que es de las caras) se dio la vuelta y se fue.

Para cenar había (ay mi amigo tan ocurrente…) todo un menú afrodisiaco inspirado en el recetario de la antigua Roma. Ganso asado a la miel, ostras con vino especiado, queso de cabra con atún, trufas, perdices y algo que me dijeron que era loro pero que no quise probar por si acaso.

La gente a estas alturas ya estaba bastante ebria y muchos bien drogados. Entre eso y la libertad ficticia que te dan las máscaras, ya había algunos que se habían olvidado del pudor y mantenían sexo sin control por cualquier esquina.

Busqué a mi amigo, como me pidió. Le encontré sentado en un gran sofá junto con una mujer muy bella, con porte aristocrático.

-Frida, te presento a mi esposa Laura. Ella organizó la fiesta.

Por un momento me sorprendí, teniendo una mujer que organiza orgías de findesemana no comprendo que hace pagando a una puta. Pero como una ya está curada de espanto, solo sonrie y se presenta.

– Hola Laura, un placer. No sabía que Agustín estuviera casado.

– Sí hace tiempo. -Se rió elegantemente- Lo que pasa es que he pasado unos años viviendo en París por trabajo, ahora vengo recien llegando a Chile, espero que para quedarme. Ese es el motivo de la fiesta.  Pero no hablemos de mí, que aburrido. Cuéntame Frida,  que es lo que más te apasiona en la vida.

– El sexo.

-¿De verdad?

– Si no, no podria ser tan buena en lo que hago.

– Desde luego no esperaba menos de una puta.

– A su servicio.

– Jajajajaja. Me caes bien Frida Luna, eres sutil.

– No señora no lo soy, solo soy una puta más como dijo.

– Disculpa, no era mi intención ofenderte. Perdóname.

– ¿Puedo saber a qué he venido?

– Amiga- intervino Agustín- Te hemos llamado porque necesitamos tu ayuda. Tenemos un tema delicado entre manos y no sabíamos con quién consultarlo.

– Cuénteme. – Una puta sabe que el ego es el peor enemigo de una misma. Siempre servicial y nunca sufrirás.

Escuché la historia con atención. Sopesando las palabras que estaba escuchando. Querían pagarme mucho dinero por algo que parecía no tan raro (para las cosas que una escucha a veces)

La cuestión es que toda esa gente que estaba ahí, pertenecía a una especie de red de contactos, como una sociedad secreta. Me pidieron que no me asustara, que no iba a haber sacrificio humano ni nada satánico, que simplemente tenía que mantener sexo con Laura en un lugar concreto mientras el resto llevaban a cabo la ceremonia. Era como una especie de ritual pagano, me recordó a las historias de las sacerdotisas-putas de la antigua Mesopotamia. La suma era muy grande. Pensé que si me hubieran querido matar en medio de un orgasmo para absorverme la energía ya habría sospechado algo, pero todo parecía natural, solo una pandilla de locos no peligrosos. Así que acepté.

Ya era de noche, salimos todos (todos los que no estaban en otra cosa) camino del campo. Laura iba primera, detrás Agustín y yo, y despues el resto. Todos en silencio, solemne. No me había dado cuenta de que había Luna Llena.

Llegamos a un lugar despejado, como una pequeña pradera circular, en medio había una gran piedra plana, parecía un altar natural. A mí me recordó la figura de un bisonte durmiendo, incluso parecía que respiraba.

Unas personas empezaron a colocar velas blancas alrededor. Laura se desnudó y se subió a la piedra, tenía un cuerpo hermoso de mujer madura. Blanco y curvo.

Agustín me hizo una seña así que hice lo mismo que su esposa.

Una vez arriba, Laura empezó a besarme con delicadeza. Recorrió mi boca, mi cara, bajó por el cuello, me besó las clavículas. Acariciaba mis pechos, se acercó a chuparme los pezones, me estaba excitando.

Mientras la gente alrededor, que había hecho un circulo, cantaba una canción en un idioma extraño. Una especie de mantra mágico, hipnótico.

Me olvidé que estaba ahí, la luna brillaba fuerte y las estrellas tenían una luminiscencia psicodélica, casi de aurora boreal.

Me dejé llevar por las instrucciones de esa extraña mujer. Cuando quise darme cuenta, estaba entre mis piernas, bebiendo de mis fluidos. Me lamía y me besaba todo el sexo, con dedicación. Succionaba mi clítoris y jugaba con él en su boca como si fuera un caramelo.

Entré en una especie de trance del que recuerdo poco. Recuerdo los cantos, recuerdo la sensación de disolverme. Recuerdo que me sentí piedra, después pradera y después valle. Sentí como mi cuerpo se transformaba en montañas y en mar. Recuerdo albergar una cueva donde antes estaba mi vagina, y escuchar el eterno cloc cloc del agua subterránea caer sobre estalagmitas de calcio. Poco a poco me fui acercando al orgasmo, un orgasmo que nunca llegaba y que al mismo tiempo nunca terminaba. En el momento máximo recuerdo a Laura enre mis rodillas, penetrándome con un dildo atado a un arnés. Y yo transformarme en ríos y cascadas de agua, corriendo por sus cuencas hasta el mar, y recuerdo escalofríos por todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta lo alto de mi coronilla. Espasmos electricos por la columna y contracciones en el útero. Y más agua. Y fundirme con el cosmos. Y llorar de alegría. Y quedarme dormida.

Me desperté en una de las camas de la casa, ya de día. Me vestí, salí de la pieza buscando alguien conocido pero la casa estaba en silencio. Una mujer mayor estaba aseando el living.

– Buenos días señorita. ¿Le llamo un taxi?

-Por favor.

Justo cuando me iba el matrimonio apareció por la puerta. Me conversaron de trivialidades hasta que llegó la locomoción. No se que consiguieron de mi esa noche, pero intuí que todos habiamos salido ganando.

Esta solo es una de tantas historias. Una de las historias de Frida Luna.

 (lee la primera historia “cruel tortura” aquí)

 

 

 

La isla de las mujeres

En un tiempo remoto, existió una isla perdida en mitad del Mediterráneo dónde sólo estaba permitida la entrada a mujeres.

En esa isla las jovencitas de buena familia recibían la mejor educación.  Aprendían a componer melodias y a escribir poesía, danza, canto, historia, filosofía y ciencias.

La escuela estaba en un antiguo palacio que había sido adaptado para que las chicas vivieran allí y pudieran recibir clases. Generalmente estudiaban unos años, hasta que les tocaba el momento de casarse con algún hombre rico y mucho mayor.

Los pocos hombres que podían residir allí eran eunucos, o castrados. O bien hombres que no sentían atracción por las muchachas, para salvaguardar la integridad de las chicas hasta que llegasen a su matrimonio.

Sin embargo esto no impedía que recibiesen estricta educación en las artes amatorias, no se negaba el sexo, solo se les protegía de los hombres hasta que estuviesen listas.

En la isla se rendía culto a Afrodita, diosa del placer y la belleza. La diosa auxiliadora que acude cuando el amor nos conduce a la locura.

En las noches de Luna Llena, todas las mujeres de la isla recorrían el angosto camino de piedra que unía el palacio con la playa. Se vestían de lino blanco y llevaban sus instrumentos. Se adornaban los cabellos con flores frescas y perfumaban sus cuerpos con esencias exóticas. Iban a cantarle al amor y a la alegría de ser mujer.

Hacían un gran fuego y pasaban horas danzando y celebrando, bebiendo vino tinto y comiendo fruta, pan y queso.

A cierta hora, las más niñas se iban a dormir quedándose las alumnas mayores y las maestras. Era entonces cuando se sacaban las vestimentas y las echaban al fuego para dejar que los rayos de luna bañasen sus cuerpos desnudos.

Bailaban y se entregaban al amor. Ese amor entre mujeres que es dulce e intenso. Se amaban de a dos, de a tres, de a cuatro. Se tendían sobre la arena blanca y se sumergían en orgías interminables.

Las maestras solían elegir a las muchachas más  bellas para entregarles sus enseñanzas. Les demostraban como alcanzar el éxtasis y fundirse con el cosmos. Bebían del elixir mágico que mana entre las piernas de una jóven que no sabe aún lo que es una verga.

Para darse placer acudían a dildos de madera que ungían en aceite de oliva. Algunas veces lo ataban a cintas de cuero que luego se afirmaban a las caderas. Así podían consumar este extraño ritual en honor a la feminidad.

Por la mañana recibían la llegada del Sol con caricias y besos, con palabras hermosas y mordiscos suaves en los pezones. Algunas ya duermen bajo un árbol exaustas, mientras otras siguen emulando el movimiento de las olas con sus cuerpos, perdidas en el sexo de alguna de sus compañeras o recibiendo cariños de sus maestras.

Esta isla es especial, allí todo es magia, amor y belleza. Dónde no existe el engaño, solo la pureza cristalina de las aguas del mar Egeo. Es la isla de las mujeres.